El experto José Manuel Lucía Megías retrata en su biografía La juventud de Cervantes a un hombre pragmático y ambicioso antes de convertirse en escritor

FERNANDO DÍAZ DE QUIJANO | 12/02/2016 


Detalle de la portada de La juventud de Cervantes, de José Manuel Lucía Megías.

El mito literario ha pesado más que el hombre real en las numerosas biografías de Cervantes escritas hasta hoy. “Es como un juego de muñecas rusas: en el interior está el hombre, en la siguiente capa está el personaje que él mismo se construyó y rodeándolo todo está el mito que ha llegado hasta nuestros días”, opina uno de los mayores expertos de nuestro país en la vida y la obra de Cervantes, José Manuel Lucía Megías. El catedrático de Filología Románica en la Universidad Complutense y presidente honorario de la Asociación de Cervantistas es el comisario de la mayor exposición hasta la fecha sobre el padre del Quijote, que se inaugurará en marzo en la BNE como plato fuerte de la celebración del cuarto centenario de su muerte, y acaba de publicar La juventud de Cervantes. Una vida en construcción. Editado por Edaf, el libro aborda los primeros 33 años de vida del Príncipe de los Ingenios y es la primera parte de una biografía que abordará en su segundo volumen la madurez de Cervantes.

“He querido romper la manera en que se ha abordado casi siempre su vida: como si tuviera un programa biográfico preestablecido, como si ya desde el principio supiera que acabaría escribiendo el Quijote“, señala Lucía Megías. “Yo he hecho lo contrario: verlo como una persona en construcción, que quiso dedicarse a oficios comunes en su época antes de ser escritor”. En 1566 se instaló en Madrid y fue alumno del humanista López de Hoyos en el Estudio de la Villa. Quiso ser secretario, una profesión en alza en aquella época: cinco años antes de su llegada se había establecido en la ciudad la corte de Felipe II, conocida como “la Corte de la letra” por la importancia que otorgó a la documentación escrita en los asuntos jurídicos y administrativos.

Cervantes intentó entrar a trabajar al servicio del cardenal Espinosa, que tenía un papel cada vez más pujante en la corte, pero todo parece indicar -no hay constancia documental- que no lo consiguió. En 1569 partió a Roma, donde se supone que sirvió durante un tiempo al cardenal Acquaviva. Un año despuésingresó en los tercios italianos y el resto es bien conocido: participó en la batalla de Lepanto, donde perdió el uso de la mano izquierda a causa de tres arcabuzazos y luego fue curado de sus heridas en Messina. En 1575 decidió regresar a España junto a su hermano Rodrigo y por el camino ambos fueron capturados por corsarios argelinos.

“Mi método de trabajo se ha basado en preguntarme constantemente el porqué de cada hecho e imaginar cómo habría actuado cualquier persona de la época en sus circunstancias, no el mito que hoy conocemos”, explica el cervantista. Con esta premisa, el autor de esta nueva biografía nos presenta a un Cervantes más pragmático que vocacional y con ciertas dotes de pícaro.“Puede que algún cervantista deje de hablarme después de esto”, bromea Lucía Megías durante la presentación del libro a la prensa en la castiza taberna Casa Alberto de la calle Huertas de Madrid, situada en el bajo de un edificio donde Cervantes vivió durante un tiempo.

Cautiverio en Argel

Según las teorías del biógrafo -que él mismo considera refutables aunque basadas en toda la documentación disponible- , Cervantes probablemente exageró sus hazañas en la batalla de Lepanto e hizo de sus cinco años de cautiverio en Argel una inversión a largo plazo. En el escalafón de rescates de los corsarios argelinos, los hombres graves se pagaban a 500 escudos, y los don nadie, a 50. Entonces, ¿por qué Cervantes fingió pertenecer a la primera clase, aunque eso redujera sus posibilidades de ser liberado? La respuesta, según el autor de La juventud de Cervantes, hay que buscarla en su supuesto afán por medrar en la sociedad, ya que esto le permitiría convivir con los cautivos ricos -que no estaban obligados a trabajar como los pobres- y establecer relación con ellos. Es más, Lucía Megías sostiene que sus cuatro intentos fallidos de fuga tenían como objeto, más que conseguir su propia libertad, ayudar a escapar a otros cautivos, “hombres principales”, quizás a cambio de dinero y, sobre todo, con la esperanza de cobrarse el favor tras su regreso a Madrid y obtener así algún cargo importante en la corte. “Argel es el eje que cambia la vida de Cervantes. A su regreso ya no se conformaba con un oficio cualquiera que le permitiera llevar una vida normal y fundar una familia; quería ocupar un puesto destacado”, explica Lucía Megías.

Cuando regresó en 1580 a Madrid, mientras intentaba construirse una vida en la corte -tema que abordará el autor en el segundo tomo de la biografía, que verá la luz en otoño-, Cervantes empezó a ganarse la vida como escritor, pero, a pesar de su gran talento, lo hizo más por necesidad que por vocación literaria. Incluso 25 años después, “la primera parte del Quijote fue un encargo del librero Francisco de Robles, que quería un libro que fuera un éxito de ventas”, recuerda el cervantista. Esto no impidió que Cervantes pasara merecidamente a la Historia como el mayor genio de las letras hispánicas. En su favor jugó, además de su talento, una ventaja frente a su mayor rival literario, el ‘Fénix de los ingenios’: “El escritor que tenía toda la gloria en aquella época era Lope de Vega. Cervantes quería triunfar pero estaba en los márgenes, y eso es precisamente lo que le permitió una mayor libertad a la hora de experimentar y le dio un vuelco al género de la novela”, opina el autor de La juventud de Cervantes.

Polémicos huesos

Lucía Megías dedica el epílogo del libro al supuesto hallazgo de los huesos de Cervantes, no corroborado al 100% por la imposibilidad de realizar una comparativa genética. El escritor lamenta que, en vez de buscar “al Miguel de Cervantes hombre”, se buscase al “Miguel de Cervantes mito” y que no se contara con la opinión de la Asociación de Cervantistas. La investigación se basó en el autorretrato del prólogo a las Novelas ejemplares (“los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos…”). Además, se buscaron sus restos en la iglesia del convento de las trinitarias y luego en los nichos de la cripta “porque no se podía pensar que el escritor genial pudiera haber sido enterrado en un lugar menos solemne”. Por eso se tardó tanto en buscar los restos de Cervantes en un pequeño repositorio de un rincón de la cripta donde se reubicaron sus restos en 1698. “Al no contar desde un primer momento con los cervantistas y expertos en la materia (o en la búsqueda documental), se han tirado a la basura cientos de miles de euros de dinero público y el tiempo de arqueólogos y forenses, que han trabajado en balde para la finalidad para la que se les había convocado”, escribe Lucía Megías.

También critica que, después del hallazgo, el homenaje a Cervantes se haya quedado en “una placa, una misa solemne y un desfile militar”. Lamenta que el Ayuntamiento de Madrid no se haya planteado revitalizar el barrio de las Letras de la capital, donde vivieron y escribieron las grandes figuras de nuestro Siglo de Oro, con un proyecto similar a lo que hicieron los británicos en Stratford-upon-Avon, la ciudad natal de Shakespeare.

@FDQuijano